La proximidad de cualquier consulta electoral consigue
hacer visible la peor cara del PP, ésa que se complace en transmitir a los
ciudadanos una imagen de crispación generalizada que favorezca el desapego de
éstos hacia la política y radicalice a los votantes más conservadores. El reto
al que se enfrenta la derecha española es siempre el mismo y se basa en los
mismos cálculos: puesto que no es probable que mejoren sus resultados en las
urnas, su tarea se centra en provocar la abstención entre los votantes
naturales de la izquierda mediante el procedimiento de apartar del debate
político aquellos problemas que verdaderamente preocupan en la calle.
Podría pensarse que una crisis económica
bastaría por sí sola para armar la estrategia de un partido en la oposición. De
hecho, esto es exactamente lo que ha estado haciendo el PP durante lo que va de
legislatura: no ayudar pero sí utilizar. ¿Por qué entonces cuando estamos
llamados a decidir quién es el mejor candidato para gobernar un ayuntamiento o
determinadas comunidades autónomas la vieja guardia del PP vuelve a poner en el
centro del debate la lucha antiterrorista?
Es evidente, por un lado, que los conservadores
no quieren hablar de determinadas cuestiones: no quieren hablar de Empleo,
Educación, Sanidad y Dependencia, y en cierto sentido es lógico: el Gobierno
regional de Madrid va privatizando paulatinamente la sanidad, el murciano eleva
las tasas universitarias y el valenciano es el que menos presupuesto por
habitante destina a la educación pública. Mientras el PSOE propone educación y
sanidad de calidad, el PP quiere "copago", donde el PSOE habla de
innovación y energías renovables, el PP se guarda aún la carta del ladrillo y
de las nucleares.
Pero tengo la impresión de que seguir ocultando su
programa no es la única razón para que Aznar haya sacado su resentida vara de
mando o para que Mayor Oreja y Acebes hayan vuelto a tirar de calumnias en
materia antiterrorista, animando en su partido el que cargos intermedios de
menor relevancia caigan en el más absoluto y abyecto despropósito al decir, por
ejemplo, que Zapatero y otros destacados socialistas “tendrían que estar en
Auschwitz”, como ha hecho un dirigente “popular” de Martorell, o que “votar al
PSOE es votar a quienes están pactando con la banda ETA”, tal y como ha
afirmado uno de sus diputados. No soy capaz de recordar cuándo empezó el PP
usar el dolor de las víctimas de ETA como arma electoral para atacar al PSOE,
pero sí que no fue en la trágica mañana del 11 de marzo del 2004, que venía de
antes. Lo que resulta incomprensible para la mayoría de los españoles es que la
derecha siga empeñada en algo tan inmoral incluso cuando estamos más cerca que
nunca del fin de la banda terrorista, cuando los éxitos de este Gobierno en la
lucha contra ETA son abrumadoramente evidentes.
¿Qué ánimos buscan excitar y con qué objeto? ¿Debemos
pensar que el PP no está seguro de las encuestas, y por eso vuelve a recurrir a
un asunto que por su propia naturaleza debiera estar siempre al margen de los
enfrentamientos partidistas, o bien que está tan crecido que no tiene
inconveniente en mostrar su verdadera cara? Sean las que sean las respuestas a
éstas y otras preguntas parecidas, lo cierto es que la derecha no conoce a los
ciudadanos de este país, al menos no a esa inmensa mayoría que espera de sus
representantes políticos cercanía, sensibilidad hacia sus problemas reales y
determinación inequívoca de resolverlos, exactamente lo que no encuentran en el
Partido Popular.
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